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El aire de mi calle

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Siempre escuchando el mismo refrán, hasta que llega el día en el que lo compruebas por ti misma. El esperado día en el que esa frase, que tan bien les suena a algunos, se hace patente y real porque se convierte en tu propia experiencia. "Sólo valoras algo cuando lo pierdes". En este sentido, tengo que aclarar algo. Yo no había perdido nada. Durante cuatro meses, mucho de lo que quería, ha estado lejos. Y, es por ello, por lo que, esta Navidad ha adquirido un matiz tan especial. Desde el día que aterricé, todo, y cuando digo todo, hay que entenderlo en el sentido más amplio de la palabra, me ha parecido diferente y maravilloso. Salir de casa y pasear hasta la Corredera para buscar una mesa libre en la plaza, y tomar una tapita con el sol dándote en la cara; ruido, bullicio, jaleo, gente charlando a todo volumen, sin preocuparse de que los de al lado se estén enterando del cotilleo de turno; gente que sonríe y que se ríe a carcajada limpia, por muchos problemas que...

Seis segundos

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Salir en la mañana, al alba, cuando todo está amaneciendo. Desviar el camino, rumbo a la costa. Descalzarse los pies y sentir cómo la arena, fría todavía por el rocío de esa madrugada, se cuela entre los dedos. Avanzar, caminar lento, hacia la orilla, y observar que la mar hoy, tiene un color distinto. Está en calma, y transparente. Los peces parecen seguir su mismo camino y las gaviotas vuelan en la misma dirección que siempre, pero, sin embargo, hoy todo parece diferente. Mojarse hasta los tobillos, tímidamente, y retroceder de un pequeño salto, al descubrir la frescura del agua. Detenerse, para descubrir al Sol asomando su cabeza y cómo bosteza al enseñar sus primeros rayos de luz, que alumbrarán hasta el ocaso. Dirigirse hacia el acantilado, siempre cerca del mar y respirar profundo ese olor a salitre que lo empapa todo. Nadie me acompaña en mi paseo, ni siquiera, hay un loco despistado disfrutando del amanecer o una pareja de jóvenes enamorados que, sentados en su toa...

Equinoccio de primavera

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Y, de nuevo, ese cosquilleo en el estómago. Huele a azahar, ha llegado. Nadie podría dudarlo. Además, parece que ha venido para quedarse. No sé por cuánto tiempo. Abrigos y bufandas yacen olvidados en el perchero. No han tardado ni dos días en sustituirlos por los tirantes y, algunos atrevidos, por las sandalias. ¿Charlas en una terraza al Sol? Suena demasiado bien como para dejar escapar el plan de alguien que te dice que dejes esos apuntes aparcados. No es difícil convencerme. ¿Paseo por algún rincón mágico de la ciudad buscando el atardecer? Coger la cámara y fotografiar un instante que queremos recordar. Una pareja que ríe mientras inunda de cáscaras de pipas los alrededores de un banco, el niño que baila su trompo en la acera, un corrillo de abuelas que, aún con la bata de guatiné, charla animadamente de lo último que se han enterado. Vida en la calle. ¿Tumbarse a escuchar música en el césped fresquito de la ribera?, ¿perderse por las callejuelas en la judería?, ...

El título es lo último

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Nada como volver al lugar. Ese lugar que me ha visto poquito a poco crecer, madurar, soñar, reír hasta que duele la tripa, hacer alguna que otra travesura, llorar mucho de felicidad, compartir secretos y charlas hasta la madrugada... Un rincón un poco retirado del estrés diario, de las prisas, de las conversaciones insípidas, de los horarios estrictos, de las agendas repletas de listas de tareas, de relojes cansados de ser programados para no perder el bus. Un rincón muy sencillo. Sencillez que lo hace mágico. Magia con sólo nombrarlo. Y siempre la misma hora del día. Al atardecer. Cuando el sol nos regala sus últimos rayos antes de esconderse. Y siempre con una guitarra de fondo. Con unas lágrimas que caen tímidas, dos manos que se unen, una mirada que se busca. Una sonrisa al cielo de "gracias". Pero no siempre contigo ahí. No siempre contigo compartiendo estas vistas al paraíso que vienen repletas de  sueños, de proyectos compartidos. Estas vistas al paraíso que co...

El mío

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Existen tesoros. Tesoros tímidos. Tesoros que están cerca, pero miramos de reojo, con miedo a que alguien, en ese preciso instante, se cuele en nuestro interior y descubra la belleza de lo que nuestros ojos contemplan. Un tesoro que parece pasar desapercibido. Sí, está. Pero no me corresponde. Es demasiado valioso para alguien como yo, sin duda. Pero, hemos de estar alerta. Puede que, de repente, ese tesoro despliegue la magia de lo que es y nos la muestre, sólo para nosotros. Una magia que transforma cada instante de mi vida, que la hace especial. Que completa y ordena cada rincón que yacía un poco descontrolado y sin sentido. Que despierta y me hace descubrir que había partes de mí que aún no conocía, al menos no de esa forma. Que hace distintos los meses y distintas las horas desde que apareció. Y, sin esperarlo, ese tesoro se convierte en nuestro tesoro. En ese que podríamos reconocer entre un millón de tesoros, porque es único, porque brilla de un modo distinto a...

Sólo media hora

El reloj no cesa. Las agujas parecen no cansarse en ese vaivén continuo. Cientos de planes, proyectos que sobrevuelan la mente. La agenda repleta. Palabras ilegibles de metas irrealizables. Propósitos que no se cumplirán. En algún lugar, alguien se sienta bruscamente sobre un viejo baúl que es su vida. No puede cerrarlo. Se le ha quedado pequeño. Demasiadas realidades inservibles. Se da cuenta. Tarde, siempre unos segundos tarde. Una llamada, ¿un café?. No, aquella reunión poco fructífera y agridulce. Una mirada, ¿un abrazo?. No, mejor no. Dejar a un lado los "sentimentalismos". Detener el tiempo. Sí, sólo media hora. Eso será suficiente antes de...¡Stop! Hay tantas cosas, yo sólo preciso dos. Mi solitario cuaderno de escritos y vos.

Son sueños

Aquella noche volvió a casa inquieta. El día no había sido muy satisfactorio, pero allí estaba en su cuarto y se sentía diferente a la chica que cogió el bus temprano, cuando las calles comenzaban a encenderse. Sí, definitivamente algo había cambiado en su interior. O al menos eso parecía. Realmente se sentía afortunada. Le habría parecido muy desagradecido por su parte quejarse de algo que ni siquiera existía. Todo el mundo le decía constantemente lo dichosa que debería sentirse, que lo tenía todo. Aquella mirada aún continuaba grabada. Esos ojos, esa luz a punto de apagarse. Esa sonrisa ahogada por un insípido villancico que resonaba en unos grandes almacenes. El escalofrío que en ese momento recorrió su desaliñado cuerpo, la estremeció de repente. Mis sueños se desvanecieron con los suyos. Qué insignificantes eran al lado de ese océano de oportunidades. Ese océano traicionero, ese océano inmenso, ladrón de esperanzas. Pero ella estaba allí, delante. Su corazón latía...