Seis segundos

Salir en la mañana, al alba, cuando todo está amaneciendo. Desviar el camino, rumbo a la costa. Descalzarse los pies y sentir cómo la arena, fría todavía por el rocío de esa madrugada, se cuela entre los dedos. Avanzar, caminar lento, hacia la orilla, y observar que la mar hoy, tiene un color distinto. Está en calma, y transparente. Los peces parecen seguir su mismo camino y las gaviotas vuelan en la misma dirección que siempre, pero, sin embargo, hoy todo parece diferente.

Mojarse hasta los tobillos, tímidamente, y retroceder de un pequeño salto, al descubrir la frescura del agua.
Detenerse, para descubrir al Sol asomando su cabeza y cómo bosteza al enseñar sus primeros rayos de luz, que alumbrarán hasta el ocaso.

Dirigirse hacia el acantilado, siempre cerca del mar y respirar profundo ese olor a salitre que lo empapa todo.
Nadie me acompaña en mi paseo, ni siquiera, hay un loco despistado disfrutando del amanecer o una pareja de jóvenes enamorados que, sentados en su toalla desde la noche anterior, esperan a que los sorprenda la marea. Nadie, sola yo, con mi compañía.

Sin embargo, ¿de dónde salen esas huellas tan marcadas en la arena? Alguien pasó por aquí, esta mañana, aún más temprano que yo... ¿O es que la marea no las ha borrado? ¿No las ha arrastrado con la fuerza de sus olas? Imposible e increíble, pero me apetece seguirlas. Piso exactamente sus mismos pasos, pasos acompasados, tranquilos, constantes, que no se detienen, que siguen un camino recto.

Parece que mi desconocido se dirigía al mismo destino que yo. Voy hundiendo cada uno de mis pequeños pies en sus grandes huellas. Imagino, sueño, vivo. Abro y cierro los ojos, repetidamente. Escucho. Mi corazón, hoy, también palpita distinto.

Y, al mirar de nuevo al frente, descubro que he llegado. Que la pared inmensa de rocas está justo a mis pies. Bordeo las escaleras que suben, para facilitar la escalada.

Estoy tan ilusionada, al sentarme en el borde, extasiada con la belleza y la hermosura de lo que veo, que no me doy cuenta. Mi acompañante está allí, a mi lado. Con sus ojos cerrados y sonriendo, siento que me mira. En el frío de aquella mañana, dos extraños que se conocen, hablando sin hablar, con la única compañía de sus almas inquietas.
Seis segundos, seis minutos, seis horas. Las más distintas de mi vida, sin máscaras, a corazón abierto...y, ahora, yo te pregunto, querido viajero: ¿continuamos el camino?

"No hay nada mejor que volverse a descubrir en antiguos escritos"



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