El aire de mi calle
Siempre escuchando el mismo refrán, hasta que llega el día en el que lo compruebas por ti misma. El esperado día en el que esa frase, que tan bien les suena a algunos, se hace patente y real porque se convierte en tu propia experiencia.
"Sólo valoras algo cuando lo pierdes". En este sentido, tengo que aclarar algo. Yo no había perdido nada. Durante cuatro meses, mucho de lo que quería, ha estado lejos.
Y, es por ello, por lo que, esta Navidad ha adquirido un matiz tan especial. Desde el día que aterricé, todo, y cuando digo todo, hay que entenderlo en el sentido más amplio de la palabra, me ha parecido diferente y maravilloso.
Salir de casa y pasear hasta la Corredera para buscar una mesa libre en la plaza, y tomar una tapita con el sol dándote en la cara; ruido, bullicio, jaleo, gente charlando a todo volumen, sin preocuparse de que los de al lado se estén enterando del cotilleo de turno; gente que sonríe y que se ríe a carcajada limpia, por muchos problemas que tengan en casa; que anochezca a la seis y media de la tarde; el brasero y la mesa camilla...Y, de entre todos esos detalles, la familia y los amigos. Esos que han estado todos los días pero que ahora puedes abrazar cuando te apetezca. Ver las cosas con cierta perspectiva te hace otorgarle un valor inmenso, el que la rutina le quita.
Vienen a mi mente todos aquellos que no tienen una fecha de regreso a casa, que son muchos. Pero yo lo decidí voluntariamente. ¡Y, menos mal que decidí emprender la aventura del Erasmus! Quien me lea, que cambie la palabra Erasmus por la que quiera, pero que, a fin de cuentas, signifique "experiencia fuera", "salir de la zona de confort", "expandir horizontes"...
No me cabe la menor duda de que, a pesar de esta entrada, seguiré dejándome llevar por la frase con la que comenzaba. Y, entonces, en la distancia, será cuando sienta que Turku ya es parte de irreemplazable de mí. Sus menos diez grados de máxima, sus charlas hasta las tantas en el pasillo, las "kitchen parties", sus carreras en bici para ver quién llega antes al pub, las tardes en "Cafe Art", los paseos por la ribera del río, "Educarium" y sus insípidos menús de patata cocida y arroz hervido, los consejos de Anu, las risas al fondo de Miguel, Charlène y Guillaume, los bailes de Eileen en la cocina...
Vivamos el momento sin pensar en lo que no tenemos en ese instante. Que nunca sea demasiado tarde para darnos cuenta de que lo que vivimos a cada segundo es único, y no vuelve. Ya sea aquí en el sur o en mi querida Finlandia.
Y...a propósito de todo esto...¡bendito el poder de un bolígrafo y una hoja de papel para dar forma a lo que lleva dando vueltas por mi mente todas estas semanas en casa!
Afortunadamente, siempre llega el momento de volver a ponerse frente a ellos, agradecida.

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