Equinoccio de primavera


Y, de nuevo, ese cosquilleo en el estómago. Huele a azahar, ha llegado. Nadie podría dudarlo. Además, parece que ha venido para quedarse. No sé por cuánto tiempo.

Abrigos y bufandas yacen olvidados en el perchero. No han tardado ni dos días en sustituirlos por los tirantes y, algunos atrevidos, por las sandalias.

¿Charlas en una terraza al Sol? Suena demasiado bien como para dejar escapar el plan de alguien que te dice que dejes esos apuntes aparcados. No es difícil convencerme.

¿Paseo por algún rincón mágico de la ciudad buscando el atardecer? Coger la cámara y fotografiar un instante que queremos recordar. Una pareja que ríe mientras inunda de cáscaras de pipas los alrededores de un banco, el niño que baila su trompo en la acera, un corrillo de abuelas que, aún con la bata de guatiné, charla animadamente de lo último que se han enterado. Vida en la calle.

¿Tumbarse a escuchar música en el césped fresquito de la ribera?, ¿perderse por las callejuelas en la judería?, ¿dejar la ventana abierta y quedarse embobada mirando cómo crecen las flores?, ¿apurar una charla de madrugada con el fresquito en la cara?...


Sí. Aquí está. Que pase y se quede un rato con nosotros. Pero que no se vaya sin habernos robado un poco la cordura.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felices 30

Memorias de un aislamiento creativo (4)

Sí y no