Memorias de un aislamiento creativo (4)

11 de abril de 2020


Desde la azotea de casa; 11 de abril de 2020


Seguimos de retiro en casa. Ya van cuatro semanas aquí. Y el mundo gira ante nuestros ojos, aunque parezca que todo se ha detenido allí afuera. Aunque nos invada una quietud absoluta. Pero la quietud es solo aparente. La vida se abre paso. Es imparable. De pronto, suena mi teléfono: mi compañera ha sido mamá. La vida sigue adelante. Lo noto por la brisa que acaricia mi pelo al abrir la ventana. O por las gotas de agua que, de repente, mojan mi cara. Cierro la ventana. Este sol, esta lluvia intermitente y, sobre todo, nuestra huida del mundo, van a hacer resucitar la naturaleza. La primavera se ha instalado. Y, con ella, un vaivén climatológico. Durante el día, huele cálido. Por las noches refresca y apetece ponerse una sudadera encima del pijama. Me encanta el atuendo que he elegido para esta época que será épica y que contaremos a nuestros hijos: pelo alborotado, ropa cómoda y mis gafas de pasta de toda la vida. Es el traje de gala con el que siempre había soñado.

A veces nos invade la desesperanza. El otro día no eras tú. Porque tú siempre sonríes. Y, ese día, no te apetecía. Me contabas que echas de menos nuestros paseos por la ciudad. Salir a correr. La escuela y tus niños y niñas. No sé si los volveré a ver, me decías. Mi padre tampoco se encontraba a sí mismo esta mañana. Sus salidas en bici con amigos los sábados por la mañana: ¿cuándo volverán? Quiero hacer algo diferente hoy, me decía. Nunca hemos apreciado tanto lo ordinario, lo cotidiano, lo que dábamos por hecho. Y a mí, que soy de naturaleza sensible, hipersensible diría yo, algo me está manteniendo a flote en este tiempo de incertidumbre. Pareciera una fuerza sobrenatural. Pero yo sé bien lo que es.

Hace unos meses la salud me dio un pequeño susto. Muy pequeño. Pero susto, al fin y al cabo. Toqué fondo. Me sumergí, durante poco tiempo, en las insondables profundidades de un mar muy oscuro y desconocido. Yo, que me creía invencible y autosuficiente, me descubrí insegura e insignificante. Yo, que creía que todo lo tenía, me quedé vacía. Y en esa inseguridad, en ese vacío, me encontré a mí misma. Encontré una versión mejorada de mí misma. Lo material se convirtió en accesorio. Pasé de experimentar el trabajo como preocupación constante, a disfrutarlo como la mayor de las suertes: ¡investigar y dar clases sobre lo que más me apasiona! Los enfados por motivos irrisorios se esfumaron de un plumazo. Ya sólo me importaba una cosa: aprovechar ese día que se me regalaba para hacer cosas buenas por los demás. Y en ese darme a los demás, a quien más me daba, sin darme cuenta, era a mí misma. Me bajé de un tren que iba descontrolado por las vías y que, en cualquier momento, podría haber descarrilado. Mi mundo se detuvo, cogí impulso, ¡y salté!

Ahora me emociona ver que los balcones de tantos hogares en el mundo se han engalanado con carteles que rezan, en distintos idiomas: todo va a ir bien. Durante mi naufragio personal, y aún hoy cuando me invaden los temores o me cuesta un poco más de lo normal ver que los rayos de sol le han ganado la batalla a la tormenta, les pregunto a quienes más quiero: ¿Va a ir todo bien? Y la respuesta siempre es: Bien no. Va a ir todo muy bien. Ahora me emociona ver que lo que yo creía que era mi lema vital se ha convertido en clamor popular. Y, que no nos quepa la más mínima duda: todo va a ir muy bien. Esto nos hará mejores.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Felices 30

Sí y no