Memorias de un aislamiento creativo (2)
28 de marzo de 2020
Paris; febrero de 2020
Segunda semana del estado de alarma en España. Hoy es sábado. El segundo sábado de confinamiento. He escuchado decir que, en este encierro, cada día es igual al anterior. Me he propuesto romper esa tendencia. Me he prometido a mí misma que cada día tendrá algo de diferente, algo de especial. Antes de irme a la cama, trataré de hacer repaso mental y dejaré que mis sueños se recreen en lo que más me haya gustado del día.
Lo que sucede es que hoy el repaso mental lo he adelantado. Porque lo que hace que mis sábados sean diferentes es precisamente esto que estoy haciendo en este instante: sentarme a solas, con música de fondo –eso siempre–, para rebuscar en mi interior, poner en orden mis sentimientos y convertirlos en palabras. También he escuchado decir que, en estos días de desesperanza, intentemos poner al servicio de los demás lo mejor de lo que somos, tenemos o sabemos hacer. Por eso, esto es solo un intento. Quizás torpe. Seguro torpe. Un intento de acercarme al hogar de alguien. De colarme por un resquicio abierto de su ventana. Y de acompasar latidos.
Hoy me he levantado temprano. Como de costumbre. Para mí no hay sábados o domingos. Mis ojos se abren al sentir el primer rayo de sol colándose en mi habitación. Soy alondra, como dirían mis padres, y también mi pareja. Me gusta llegar al salón, que ya huele a pan tostado –porque mi padre madrugó aún más que yo–, encender la radio y descubrir que el bote que contiene el café del día anterior está vacío. Me encanta preparar la cafetera. Y escuchar ese pitido tan característico que quiere decir “estoy listo”. Me gustan las sobremesas del desayuno, porque charlamos de todo: de algo que acaban de decir en la radio, de la película que vimos ayer por la noche y de la que alguien se perdió el final por esa “cabezadita de nada”. Charlamos de los mensajes de WhatsApp bonitos que nos han llegado. Porque llegan muchas cosas bonitas estos días. Llegan muchas buenas noticias. También nos decimos que tenemos que hacer limpieza en la galería, porque el móvil empieza a funcionar algo más lento. Está teniendo tanto trabajo últimamente…
Me imagino cómo debió ser la vida en otro tiempo. Y siento el convencimiento de que hemos vuelto a ella, en cierto modo. Tenemos menos prisa. Pasamos más tiempo en casa, junto a los nuestros –los más afortunados–. Hemos dejado de estar tan preocupados por lo material. Ahora pensamos más en ese abrazo que se nos quedó por dar que en la blusa que queríamos estrenar y que yace olvidada al fondo del armario. Buscamos cobijo en un buen libro que dejamos a medias cuando terminó el verano. Y ponemos en bucle la canción que nos recuerda a ese último viaje con amigos. Me imagino que la vida, en otro tiempo, se parecía en algo a esta que tenemos ahora y que no sabemos cuánto durará exactamente. Pienso en esa vida de otro tiempo, en esa a la que hemos vuelto de sopetón: las avenidas se han liberado del tráfico que todo lo inundaba; el aire se respira más limpio; el río lleva un agua más clara; los pájaros cantan con más intensidad. Me gusta mucho esta no tan nueva vida. No me gusta que haya tantos que ya no puedan disfrutarla. El escrito de hoy es para quienes se fueron luchando hasta el final.

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