Memorias de un aislamiento creativo (1)

21 de marzo de 2020


Cádiz; junio de 2019


Mi hermano pequeño ha dejado de ser cuidado a cuidar. A cuidar de él mismo y de tantos. Una reflexión similar a esta hacía mi madre hoy al mediodía, mientras disfrutábamos de su paella de los sábados. Ahora caigo en la cuenta de que justo el sábado pasado se decretaba el estado de alarma en España. Ella, mi madre, es muy de expresar en voz alta todo lo que siente. Y, aunque no lo diga, los que la conocemos bien sabemos lo que piensa solo con mirarla. Pero es que, en esta ocasión, todos estábamos pensando lo mismo: “hoy no sabe igual porque no está él”.

Mi hermano nació sólo dieciséis meses después de mí. A pesar de la escasa diferencia de edad, a él siempre se le ha dado muy bien dejarse cuidar. Y a nosotros, a mi padre, a mi madre y a mí, siempre se nos ha dado muy bien cuidarlo. Y, qué casualidad, –o quizás no–, ha decidido dedicar su vida a la profesión del cuidado por excelencia. Mi hermano es médico.

En mayo de 2019, tras un largo año de confinamiento en casa preparando la prueba MIR, se incorporó al hospital que lo verá crecer personal y profesionalmente durante los próximos cuatro años. El hospital no está en la ciudad en la que hemos nacido, crecido y en la que viven nuestros padres. Y yo con ellos. Así que, antes de que arremetiera con fuerza este tsunami social que nos tenía preparado el comienzo de 2020, ya habíamos tenido unos cuantos meses para acostumbrarnos al hecho de que el pequeño dejase el calor del hogar, la protección del nido familiar.

Ha elegido la especialidad de oftalmología. Le pusieron gafas cuando tenía ocho años. Mi padre siempre recuerda con tristeza ese día. Le parecía demasiado pequeño como para tener que depender de un objeto que le permitiese ver bien. Su niño precioso no podía tener problemas de visión. Ni de ningún tipo. Sin embargo, y aunque ninguno fuese consciente en aquel momento, ese fue un día muy feliz. Porque marcó un antes y un después en la vida de mi hermano. Las visitas periódicas a la clínica, la ternura y las explicaciones tan didácticas del médico –quien tutorizaría después su trabajo de fin de carrera y con quien mantiene ahora una relación de igual a igual–, unido a la inmensa suerte de haber tenido buenos profesores de biología en los últimos cursos de la enseñanza secundaria, lo animaron a embarcarse en una auténtica aventura vocacional. Porque la buena medicina o es vocacional, o no es buena ni es medicina. Pero mi hermano no comenzó la carrera plenamente convencido de la decisión que había tomado. Todavía nos reímos al recordar el desmayo en su primera clase de anatomía. Su amor por la medicina fue creciendo poco a poco. Clase a clase. Tropiezo tras tropiezo. Satisfacción tras satisfacción. Su amor por la medicina fue madurando mientras lo hacía él. Porque, ¿qué muchacho de dieciocho años puede estar totalmente seguro de una decisión tan trascendente como dedicarse a velar por la salud de la sociedad?

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