Memorias de un aislamiento creativo (3)
4 de abril de 2020
Cerro Muriano; 7 de marzo de 2020
Tercer sábado de retiro en casa. No me gusta ya hablar de confinamiento. Porque no me siento encerrada ni enclaustrada. Porque no me han impuesto ningún castigo o maldición. Porque se me ha dado la oportunidad de hacer un alto en el camino. Y lo importante, por fin, se ha impuesto a lo urgente.
Hoy al mediodía, cuando sacábamos el pollo del horno, escuchábamos de lejos al presidente hacer público algo que ya era un secreto a voces: se amplía el estado de alarma hasta, por lo menos, el 25 de abril. He pensado en mi hermano, y en las ganas que tengo de abrazarlo. He pensado en mi abuela, y en las ganas que tengo de pasear con ella por el campo viendo florecer la primavera. He pensado en mi prima pequeña, y en las ganas que tengo de ver cuánto ha crecido. He pensado en mis amigos, y en las ganas que tengo de tomarme un café con ellos al sol. He pensado en mis compañeras de trabajo, y en las ganas que tengo de volver a tener una de nuestras conversaciones (no virtuales) estimulantes. Hay muchas cosas que echo de menos.
Pero también hay muchas otras que no quiero dejar de hacer cuando todo esto acabe. Pienso en mis mañanas productivas para leer y escribir la tesis. Pienso en el rato junto a mis padres preparando la comida. Pienso en esa serie que mi madre y yo hemos devorado en una semana. Pienso en las risas haciendo deporte en familia. Pienso en las charlas en la terraza apurando el sol, esperando a que sean las ocho. Pero, sobre todo, pienso en que te tengo a mi lado. Que no nos separan ni diez, ni cien, ni mil kilómetros. Pienso en que te puedo abrazar antes de dormir. Y en que lo primero que ven mis ojos al despertar eres tú.
He decidido hablar de retiro. Se acabó lo del confinamiento. Busco “retiro” en el diccionario de la RAE y me reafirmo en la decisión de cambio terminológico que he tomado. Retiro: “lugar apartado y distante del bullicio de la gente”; “recogimiento, apartamiento y abstracción”. Efectivamente, la distancia social no ha hecho sino acercarnos. Nos hemos distanciado para encontrarnos. Para encontrarnos con los demás, pero, fundamentalmente y, al menos, en mi caso, para encontrarme conmigo misma. Me he encontrado conmigo misma en las estanterías y los cajones de mi cuarto. He desempolvado recuerdos en forma de postales, de cartas escritas a mano, de fotografías arrugadas, de libros con dedicatoria. Y al redescubrirme en lo olvidado, me ha parecido haber vivido tres o cuatro vidas. Me he dado de bruces con mi deseo adolescente de querer cambiar el mundo todos los días. Y me he prometido a mí misma que no voy a traicionarme renunciando a mis utopías. Me he encontrado con lo más profundo de mi ser y he podido, incluso, hacerme la pregunta de cómo me gustaría verme dentro de cinco años. Hemos fantaseado con independizarnos pronto y hemos empezado a soñar con el que esperamos sea nuestro hogar dentro de poco.
Quizás sea el Síndrome de Estocolmo. O quizás sea más bien como dice Vetusta Morla en su canción cuarteles de invierno, “fue tan largo el duelo que, al final, casi lo confundo con mi hogar”. Pero me invade la certeza de que Ana de las Tejas Verdes, serie que he empezado a ver recientemente en Netflix, tiene toda la razón: “en mi opinión es posible disfrutar de todas las cosas si una se lo propone con firmeza”.
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