Leyendo África

Hace poco cumplí 25 años. Y mi hermano tuvo la genial idea de regalarme "África. La vida desnuda", de Alberto Rojas, reportero del diario El Mundo. 

Fue mi madre -quién si no- la que aconsejó a mi hermano, la que lo animó a comprármelo. Mi hermano estaba un poco perdido porque, como siempre me dice, "los trastos" ya me van a salir por las orejas. 

Mi madre escuchó a Alberto Rojas una mañana en la radio. El periodista presentaba su libro, y hablaba de una de las muchas historias que lo componen: la foto del niño en Ayod (Sudán del Sur), acechado por un buitre, y ganadora del premio Pulitzer en 1994. 

Mi madre supo al instante que ese libro tenía que caer en mis manos. 

Hay historias que te atrapan con sólo abrir las pastas de cartón que las protegen y envuelven. Con sólo oler sus páginas a estrenar. 

Así es la historia narrada por Alberto Rojas: directa desde el principio. Sin rodeos. Dura, estremecedora. Pero de verdad. La verdad no podía faltar en sus relatos, cuando la protagonista es África. Un lugar que te devuelve a la realidad. Un lugar que, de bruces, te pone los pies en sus áridas tierras. Áridas, pero llenas de vida. Una vida en amenaza constante. Una vida que lucha por mantenerse a flote desde prácticamente su concepción. 

La historia de Alberto Rojas está narrada en primera persona. Como también ha sido vivida, y como se narran las mejores historias. Las que no se olvidan. Las que te transforman. 

Aún no he terminado el libro. Pero las ideas y reflexiones se amontonan en mi cabeza. Y creo que es el momento de ponerlas en papel -sí, porque lo que ve la luz en este blog primero, e irremediablemente, ha sido escrito a mano en un cuaderno roído, al que le faltan páginas, pero le sobran secretos para compartir-. 

La lectura de los primeros capítulos de la obra de Rojas ha tenido como telón de fondo el Mediterráneo. Y es que ocurre, que en este al que llamamos "Primer Mundo", tenemos la suerte de poder escapar unos días de la rutina y rodearnos, aunque sólo sea durante un par de días, de toda clase de placeres y comodidades. 

Playa, brisa marina, "lectura veraniega" y el Mediterráneo. Un mar que significa tanto para tantos. Que es salida, vía de escape y esperanza. Pero que también nos devuelve día tras día cifras impronunciables de vidas que terminan. De proyectos naufragados. Cifras que cada vez nos conmueven menos.

Playa, brisa marina, "lectura veraniega", paseo por la orilla y un chico, seguro que más joven que yo, cargado de bolsos y más bolsos de imitación, que alguien -que seguro que no se está quemando las plantas de los pies como sí se las está quemando él- le ha dicho que venda. Un chico con una sonrisa preciosa e incombustible, que reluce sobre su tez morena, a pesar de haber descubierto que España no es el paraíso que pensaba. Paraíso por el que dejó atrás todo lo que era. 

África, contada en esta ocasión por Alberto Rojas, no es un continente al que mirar con ojos de pena o de paternalismo. África nos llama por la espalda constantemente. Nos llama para que despertemos, de una vez, de ese "postureo" de vida perfecta y sin preocupaciones de la que hacemos gala en el escaparate de las redes sociales. 

África me sigue invitando a conocerla de cerca. Como desde que tenía 15 años. Mientras tanto, tengo la suerte de tocarla con la punta de los dedos gracias a la valentía y la pasión de otros, como Alberto Rojas, a los que África cambió para ya nunca volver a ser los mismos. 

Este ha sido, sin duda, un finde de contrastes. 



Fuente de la imagen: ONG Solidaridad Don Bosco

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