Leyendas urbanas
Soy maestra de Educación Infantil. Veo algunas caras de sorpresa. Lo imaginaba…
Sí. Soy maestra de Educación Infantil. Me gusta que ese sea “mi nombre”. Pero también me encanta “mi apellido”: investigadora.
Compruebo que las caras de sorpresa siguen ahí. Los que os sorprendisteis en un principio habéis contagiado a los que tenéis sentados al lado. Y a mí, no me sorprende.
Ya he librado duras batallas -y no hablo de debates de moción de censura- frente a públicos exigentes. Exigentes, como vosotros, pero también con ganas de que le rompan los esquemas. Con ganas de dejarse transformar. Con ganas de cambiar algunas ideas preconcebidas que traen de casa.
Ahora sí que sí. Definitivamente podríamos estar en cualquier lugar del mundo, menos en el Congreso de los Diputados.
Pero bueno, volviendo a lo que me trae hasta aquí en esta preciosa mañana…
Como podéis comprobar de un vistazo, las maestras de Educación Infantil no llevamos “babi”, o bata, o como queramos llamarlo. Preferimos ir en vaqueros, camiseta y zapatillas cómodas.
Y perdonad que hable en femenino. Perdonad que hable de maestras, y no de maestros. Aunque la RAE me diga que debo utilizar el masculino como genérico. Pero las reglas están para saltárselas, y más si en este caso, seguir esa regla significa faltarle el respeto a tantas compañeras de profesión. Una profesión feminizada y, por ello -aunque no solamente-, tan desprestigiada desde antaño.
Las maestras de Educación Infantil estamos bien formadas para desempeñar la valiosa labor que se nos ha encomendado. En las facultades de Ciencias de la Educación se pinta y se colorea. Porque si pretendemos desarrollar en los niños la creatividad, primero tenemos que ejercitar la nuestra. Pero además de ese “pinta y colorea”, las futuras maestras también aprenden, por ejemplo, a diseñar ambientes de aprendizaje que respeten la diversidad de intereses y necesidades de sus futuros alumnos.
Sí… Está bien… Lo reconozco… ¡Me habéis pillado! ¡Vengo a DESMITIFICAR mi profesión!
Las maestras de Educación Infantil no terminan nunca de formarse. Ni cuando aprueban las Oposiciones -hazaña cada vez más inverosímil-, ni cuando encuentran trabajo en algún colegio privado o concertado. ¡Y más les vale! Porque no hay nada más complejo, apasionante -y lleno de mocos- que la cabeza de un niño de 4 años.
Las maestras de Educación Infantil tampoco “pegan el carpetazo” cuando llegan las 2 de la tarde y, “si te he visto, no me acuerdo” - ¡hasta mañana! Tampoco tienen 3 meses de vacaciones. Bueno, técnicamente sí. Vale. Pero durante esos 3 meses no están todo el tiempo tumbadas en la toalla, cogiendo un morenito de escándalo. Muchas de ellas aprovechan ese privilegio -porque lo es, no nos vamos a engañar- para asistir a Congresos, Jornadas, o leerse esa pila de libros de pedagogía que durante el curso ha ido cogiendo polvo en su escritorio.
Las maestras de Educación Infantil ni se pasan la mañana haciendo fotocopias a fichas de “ma, me, mi, mo, muuuu”, ni van corriendo de un lado al otro de la clase, como poseídas, con la goma de borrar en la mano, si ven que alguno no ha hecho la letra “a” tan bonita como la que ella acaba de hacer en la pizarra. Las maestras de Educación Infantil, en cambio, empiezan cada mañana con una asamblea para escuchar las voces de sus alumnos, ¡que ya quisieran los del 15M! Las maestras de Educación Infantil son las guías de un proceso de investigación y descubrimiento en el que sus protagonistas, los niños, dan respuestas a sus propias dudas e interrogantes. Las maestras de Educación Infantil son facilitadoras de un aprendizaje para la vida, de un aprendizaje que cala. Un aprendizaje que no se olvida.
Y aunque ya nos hubiese quedado más que claro que no estamos en el Congreso de los Diputados… Gracias a lo que he reflexionado aquí en voz alta, con la ayuda de vuestras atentas miradas, me apetece dirigirme a esa panda de “sabiondos” que dirige nuestro país:
¡Que no! ¡Que la educación no va mal! ¡Que lo está requetemal es que opinen tanto los que no saben nada, y que tengamos tantos que saben tanto, con la voz silenciada!
¡Que no! ¡Que la educación no va mal! ¡Que lo que está requetemal es que el cambio educativo pretenda venir de las altas esferas, y no del día a día en la escuela!
Ya lo dijo Malala Yousafzai (espero que sepáis quién es y, si no, luego le preguntáis a Google o, mejor, a vuestra maestra de la infancia):
"UN NIÑO, UN MAESTRO, UN LIBRO Y UN LÁPIZ PUEDEN CAMBIAR EL MUNDO. LA EDUCACIÓN ES LA ÚNICA SOLUCIÓN"
Texto escrito en formato monólogo, para ser recitado en el curso "Hablar en Público", organizado por la Unidad de Cultura Científica de la Universidad de Córdoba.

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