Islas
Quién no ha deseado alguna vez algo -tan sencillo- como un lugar al que acudir cuando la tormenta arrecia allí afuera.
Un recodo en el que encallar la destartalada barca que es mi vida.
Un faro que, tímidamente, oriente el rumbo de mi incierta travesía. Un faro que me ilumine cuando sea noche cerrada y sin estrellas en el firmamento. Un faro que sea esperanza. Un faro que sea certeza.
Un mapa del tesoro que me guíe por tu piel. Tu piel que es oceánica para mí. Un océano tibio lleno de lunares por doquier desparramados. Un océano inabarcable. Pero no para mí, que me conozco todos sus secretos -casi- de memoria.
...
Y su azul oscuro casi negro, el de tu océano, torna verde esmeralda de repente. Un verde que me embriaga. Un verde que me hace naufragar. A la deriva. Y ya no sé si tus ojos, los verde esmeralda, son salvación o perdición. ¿Pueden ser ambas cosas?
A lo lejos, con mi catalejo de segunda mano, diviso una isla paradisíaca. Una isla bucólica, como dibujada con acuarelas de tonos pastel. Una isla que late. ¿Latidos?
Aquí se está bien. Me quedo. No me suelto. No me sueltes cuando suba la marea.
Para ti. Mi A. Porque las palabras, cuando desbordan el alma, nunca se pierden. Siempre vuelven a mi lápiz y a mi papel.

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