Un verano en Ardisana
La luz entra y lo empapa todo. Todo lo descubre. Una gama de verdes inimaginables. Vacas pastando a sus anchas. Y cencerros que se convierten en el único y mejor despertador que quiero escuchar en todo el mes de agosto. Gatos perezosos, tumbados al calor de una carretera todavía húmeda por las lluvias que nunca se van del todo. Caminos encantados en los que te asaltan los robles, los sauces, las margaritas y las amapolas. Y, al caer la noche, hasta las luciérnagas. Hortensias de color lila, rosa y blanco, como complemento perfecto de toda vivienda típica. Aire limpio que se cuela por las ventanillas de un coche con cientos de kilómetros -e historias- a cuestas. Nubes perennes encaramadas a la chepa de una cumbre salpicada de cabras y caballos percherones. Pueblos con nombres que da igual como se escriban. Aquí siempre terminan en "u". Ropa tendida al frescor de una brisa que, desde lejos, huele a ...